El Túmulo de La
Sima.
El Túmulo de la Sima es sin duda la más compleja y
apasionante de las tumbas monumentales prehistóricas de cuantas
hayan sido excavadas en el Valle de Ambrona.
Su emplazamiento, al pie de la ladera del Páramo Sur y a
proximidad de la laguna a la que debe su nombre, es sin duda la primera
característica que atrae nuestra atención. Un sobrecogedor
y teatral paisaje le sirve de fondo.
Tres campañas de excavación fueron necesarias para
recoger, de manera paciente y meticulosa, la ingente información
científica que este monumento albergaba en sus entrañas.
Esta última es, en definitiva, la historia milenaria de esta
tumba y de las generaciones que se constituyeron en usuarias de la
misma.
Su fundación se remonta a principios del IV milenio antes
de Cristo. Por aquél entonces fue construido un panteón
a base de mampostería de piedra caliza. Esta cámara
tenía una planta circular, con un único vano de acceso
y se hallaba rematada por una falsa cúpula elaborada en el
mismo material. Exteriormente, un potente túmulo de piedras
abrazaba la estructura, recubriéndose el mismo de un enlosado
de lajas de arenisca roja. Este último detalle constructivo
fue un artificio estético destinado a producir un fuerte contraste
cromático con el color blanco de la cúpula caliza,
que ensalzara la ya de por sí evidente monumentalidad del
mismo.
En el interior de la cámara fueron depositados, de manera
paulatina, los restos mortales de miembros de la colectividad usuaria
de este monumento. Llegado un determinado momento, y sin que las
causas que determinaran el mismo hayan sido plenamente esclarecidas,
tuvo lugar un curioso ritual de fuego, consistente en el incendio
prolongado del interior de la cámara durante días,
o incluso semanas. Como consecuencia de este brutal incendio la totalidad
de la estructura cameral fue reducida a cal viva, en virtud del fenómeno
conocido como pirolisis. En su lugar quedó un potente cráter
en medio del túmulo recubierto de una potente costra resultante
del apagado de la cal anteriormente mencionada.
Pasado un lapso de tiempo indeterminado, una nueva cámara
funeraria fue erigida sobre los restos de la anterior. Sin embargo,
está última, que recibió un uso similar a la
primera, jamás fue incendiada. Es más, tenemos plena
constancia de que no fue concebida para tal fin puesto que, entre
los materiales que fueron empleados en su construcción, se
cuenta la arenisca, que no es susceptible de ser descompuesta por
la acción del fuego.
En el interior de esta cámara fue documentado un espectacular
osario, junto con los elementos de ajuar que fueron depositados junto
con los finados: hachas de piedra pulimentada, grandes láminas
de sílex y cuentas de collar elaboradas en variscita, hueso
y lignito, que se cuentan por decenas.
Avanzando de nuevo en el tiempo, nos encontramos con la última
de las principales fases de uso de este monumentos, consistente en
unas serie de enterramientos individuales de época campaniforme
fechados en torno al 2300 cal. a. C. Estas tumbas nos depararon un
magnífico ajuar consistente en cerca de un veintena de recipientes
cerámicos exquisitamente exornados, junto a los cuales se
cuentan espectaculares objetos metálicos, de los más
antiguos del Interior Peninsular, consistentes en tres puñales,
un hacha, dos puntas de jabalina y un par de leznas. El análisis
químico y microscópico de las caras internas de las
cerámicas mencionadas deparó uno de los hallazgos más
singulares de cuantos encerraba el monumento de La Sima. Pudo ser
determinado que su contenido consistía en cerveza, la más
antigua documentada hasta la fecha en el continente europeo. Dicha
bebida, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, no era de
uso común, sino que estaba reservada a determinados actos
sociales de singular relevancia, tales como los ritos funerarios.
Este descubrimiento despertó el interés de Cervezas
San Miguel, empresa que desde entonces ha demostrado un decidido
e intenso apoyo a nuestro proyecto de investigación científica,
y sin cuya colaboración, muchos de los logros que en este
terreno estamos efectuando, habrían sido imposibles.
A partir de aquí, la historia de La Sima, se vuelve difusa,
la conocemos tan sólo por evidencias fragmentarias e indirectas.
El hallazgo de numerosos materiales de la Edad del Bronce, el Hierro
y de épocas romana y medieval, atestiguan la vigencia del
halo de sacralidad que envolvió el lugar hasta bien entrada
nuestra era. Objetos en metales preciosos y preciados, vajillas de
lujo y otros ítems singulares nos hablan de un uso especial
de La Sima en estos momentos tardíos de su devenir. Ciertamente,
su sentido original de monumento funerario había ido disipándose
con el paso de las centurias, pero de los que no cabe duda es que
hasta hace prácticamente nada, este yacimiento mantuvo un
peso importante en el imaginario colectivo local.
Nuestra labor de estudio de tan especial evidencia arqueológica
no pretende sino prolongar la memoria de la misma. Nos hallamos en
definitiva ante un monumento único en toda la Península
Ibérica, tanto por su singularidad arquitectónica,
su dilatada vigencia en el tiempo, y el imponderable valor científico
de la información que fuimos capaces de extraer de sus ruinas.